Cuento de La Muerte

     Érase una vez un ataúd recién fabricado: madera de pino, marrón, acolchado por dentro…, lo que viene siendo un buen ataúd.

     El ataúd se sentía especial y por eso quería que en su interior no acabase habitando un muerto cualquiera. Quería alojar a un joven sano que se hubiese suicidado. Creía que eso era la élite de los muertos. Y quizá sí fuese especial, porque La Muerte sintió el deseo de concederle al inquilino perfecto.

     Por más que buscaba, La Muerte no hallaba a nadie que le pudiese servir, los jóvenes que veía estaban lo suficientemente alegres como para no querer morir. Pero un día vio a la persona perfecta. Un muchacho joven un tanto extraño que estaba sentado en un banco cualquiera de una plaza cualquiera, de una ciudad sin importancia. Miraba el agua caer de la fuente de la plaza mientras lloraba levemente, y en su mano derecha sostenía un bolígrafo que a veces usaba en el cuaderno que tenía en su regazo. La Muerte indagó sobre su existencia, nada insólito que le llamase la atención, así que decidió adentrarse en su mente. Fue entonces cuando comprendió que estaba hecho para ese ataúd cinco estrellas.

     Como en todo buen cuento siempre hay un malo que quiere evitar la felicidad de todos, en este caso el malo era femenino: La Vida.

     La Vida se enteró de los planes de La Muerte y quiso evitar que los consiguiera. Así que ambas comenzaron a pelear, pero como no tenían cuerpo, su forma de hacerlo era a través del joven. Lo pusieron en mil encrucijadas: a punto de suicidarse llegaba La Vida y le hacía recordar algo para que retrocediese con el cuchillo; La Muerte le repetía constantemente lo débil que era y que ya había luchado mucho en su existencia sin ningún tipo de resultado, tanto en el amor como en el trabajo, el dinero…, incluso la salud, pero entonces llegaba La Vida y le reprochaba que sería un tremendo egoísta si moría antes de tiempo (egoísta, claro, como si no hubiese vivido ya el tiempo suficiente por los demás); La Muerte le presentaba su futuro, y ante eso, La Vida poco tenía que hacer porque en todas las posibilidades había algo muy muy oscuro por lo que era mejor terminar cuanto antes con todo. Y así siguieron durante días…

     Ahora tendría que venir el final, pero para no ser aguafiestas voy a crear dos finales y así cada cual elige el que quiera.

     Final 1: Finalmente, mientras el joven viajaba en su coche lo vio claro. La vida no le deparaba nada bueno y tan sólo tenía lo que le había tocado tener, su familia, que aunque mucho, no suficiente pues cualquier persona necesita tener metas cumplidas, y las de él por simples que fueran nunca las cumplía. Calibró los pros y los contras, se odió por ser egoísta durante un segundo aunque hubiese vivido sólo por no serlo durante años. Pero lo tuvo claro, y sin más la curva se le antojó recta y fue el día más feliz de su existencia.

     Final 2: Finalmente, La Muerte se cansó, decidió que se rendía y en el ataúd acabó hospedándose uno anciano de 110 años (“todo un vividor” – pensó La Vida). En cuanto al joven…, como La Vida sabía que La Muerte ya no se interpondría en su camino decidió que el chico no fuera capaz de conseguir ninguna de sus metas. Le negó el trabajo que deseaba y por el que luchó el resto de su existencia, siempre en vano. Le negó el amor y lo dejó sufriendo toda su vida por uno que siempre fue imposible aunque él no lo creyera y luchara a base de lágrimas por él. Le negó el dinero, se lo negó de esa forma que sólo La Vida sabe, nunca tuvo suficiente pero tampoco tuvo tan poco, siempre pidiendo favores que le costaban sudor, lágrimas y hasta sangre poderlos devolver.

     Sólo le dejó la salud justa, para que La Muerte no se lo llevara y pasara el resto de sus días sopesando los pros y los contras de morir, odiándose, culpándose…, en definitiva retorciéndose en su propio infierno, el que La Vida le creó.

     Moraleja: quizá la muerte esté infravalorada y a veces sea la mejor opción. Además, sin ella, La Vida podría ser todo lo cruel que quisiera.

Tú escribes mis letras.

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