En una esquina

     En una esquina de la habitación, sentada en el suelo, arranada, desolada y escribiendo.

     Escribo, siempre escribo, pues en tinta negra me resguardo. Se me empañan los ojos y algo cae por mi mejilla, una gota que llega a mis labios, salada, es salada, lloro.

     Escribo y pienso, pienso y escribo. Siento y lloro, lloro porque siento. No lo llego a entender del todo.

     En mi esquina te miro, te observo, ¿qué diferencia ves en mí? Soy fuerte, lo sabes, lo sabes bien, lo tienes claro, pero, ¿quieres verme fuerte? Te vuelvo a mirar y veo tus pestañas, tus párpados entornados y tus ojos…, “me encantan tus ojos, ese marrón tierra, ese marrón brillante, esa dulzura…, esas ganas de amarlos”, aún recuerdo cómo te gustaban los míos, aún recuerdo lo que me dijiste. Son iguales, mis ojos y los tuyos, son marrones tierra, son dulces y apetece amarlos. Miro tu cara, ¡qué hermosura! Normal que me fijara en ti, aunque aún no sé cómo reuní el valor para hablarte.

     Salado de nuevo, sigo llorando, te miro y lloro, lloro porque tus manos son iguales que las mías, tus ojos como mis ojos…, el amor es igual, él no entiende de sexos, Cupido quiso tocarnos con una flecha a cada uno, fechas que eran idénticas. No encuentro la diferencia entre tú y yo, entre él y ella, entre nosotros y nosotras, entre vosotros y vosotras, es que no la hay, es sólo una letra, es “o” o “a”, ellos y ellas, lo siento, pero me suena igual.

     Cierro los ojos, los aprieto fuerte, necesito pensar o, quizá, no hacerlo. Los abro, escribo, recuerdo: “respetar para amar” y tú poniendo los ojos en blanco y diciéndome que no lo entendías, pero que me respetabas y por eso, a punto de que corriesen gotas saladas por tus mejillas, me juraste que si yo había decidido romper nuestra relación respetarías mi decisión:

     – Porque la base de cualquier ser humano debe ser el respeto a los demás, al margen de estar de acuerdo o no, al margen de entenderlo o no – eso dijiste, nunca lo olvidaré.

     Te alejaste y te perdí, por temor, te perdí. Pero volví a ti, porque el amor es más fuerte que el miedo y yo te amaba, y tú a mí. Cupido nunca dejó de creer en nosotros, nunca se cayeron sus flechas de nuestros corazones.

     Y sigo llorando, arranada, escribiendo y mirándote. Pero de pronto, levantas la vista de tu libro, te giras y el semblante te cambia. En un segundo estás a mi lado, preocupado, pero no hablas, estás esperando a que yo me abra cuando me sienta preparada. Tus ojos marrones tierra, imposibles de no amar porque en ellos se refleja todo tu ser, todo tu amor, toda esa forma de respetar para querer. Y mi corazón comienza a hablarte:

     – Pienso en toda esa gente que sufre cada día porque no la saben amar, porque tienen a su lado a alguien que no sabe valorar, que no sabe respetar, que no quiere querer. Pienso en todos esos lugares donde nos refugiamos, en nuestras esquinas, para sentirnos a nosotros mismos e intentar sentir a los demás. Pienso en ti…, y en mi suerte.

Tú escribes mis letras.

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